Sábado 15 de enero de 2005
Destello
experimental

Existió
una banda, en el barrio de Caballito, que tuvo innumerables discos extraños
(cintas vacías, grabaciones de diez mil pollos o de tumbas de personajes célebres
como Jorge Luis Borges). Ese grupo, también tenía un cantante y baterista con
Síndrome de Down llamado Miguel Tomasín y un nombre: Reynols.
Más allá de la leyenda, Reynols existió. Fue una banda y
un proyecto musical con características singulares integrado por Miguel Tomasín,
Alan Courtis, Roberto y Patricio Conlazo. Fue un grupo con significado en sí
mismo y provocó cuestionamientos y preguntas que marcan ahora el recorrido de
“Buscando a Reynols”, un documental dirigido por Néstor Frenkel, que luego
de algunas proyecciones en el BAFICI y en el Malba, este año será estrenado en
algunas salas porteñas.
Nacidos en 1993 como la Burt Reynols Ensamble, la banda que
en sus primeros años se dedicó a interpretar música experimental (para
plantas y piedras como audiencia) dio un vuelco cuando a la Escuela de Formación
Integral para Músicos, donde Roberto, Patricio y Alan enseñan, ingresó un
muchacho con Síndrome de Down con las intenciones de tocar la batería. Era
Miguel Tomasín, y en esa persona,
los músicos descubrieron una persona con aires de artista.
Nestor Frenkel conoció en vivo a la banda un domingo del año
2000. Eran las ocho de la noche y estaba sentado en el piso de un lugar donde
por lo general no se hacían conciertos, rodeado por una fauna particular donde
los modernos de anteojos oscuros se mezclaban con personas mayores. Todos
pendientes de qué sería lo que ocurriría esa noche. Cuando Reynols comenzó
su performance basada en la improvisación y en las repeticiones, el primer
sentimiento de Frenkel fue malestar: ¿para qué estar ahí soportando ese
ruido? Recién después de la primera impresión, comenzaron a pasarle cosas:
pudo observar la relación y la conexión que existía entre Miguel y los demás
integrantes del grupo y se asombró por la actitud: enchufaban y desenchufaban
los instrumentos en vivo, sin importarles bajar el volumen. “Tenían muy clara
la idea de lo que significaba la música para ellos”, recuerda ahora Frenkel y
concluye: “Allí había una verdad, había un argumento y atrás de eso tenía
que haber una historia”.
A través de un documental clásico (muy alejado de
cualquier obra de la banda), Frenkel intentó responder sus preguntas. Desde
diferentes perspectivas como el periodismo y la crítica musical, la
musicoterapia y la música académica y hasta de la psiquiatría, el trabajo
intenta dilucidar el fenómeno provocado por Reynols. Las opiniones teóricas
del periodista Pablo Schanton, el compositor y docente Marcelo Delgado, el
licenciado en musicoterapia Gustavo Espada y el investigador y psiquiatra Sergio
Strejilevich se mezclan con otras un tanto más pasionales pertenecientes al fotógrafo
Eduardo Martí, el Dr. Mario Socolinsky y el músico Jazzy Mel.
Así como el movimiento Dadá quiso ser esencialmente
anti-arte en 1916, Reynols, a fines de los años noventa, manifestó su no-música.
La figura de Miguel Tomasín, dice Pablo Schanton, fue la que justificó ese
zambullirse en el caos de la música. Tomasín sería “el modelo de una lógica
distinta a la que conocemos”.
Tal como Dadá que cifraba su razón de ser en la fidelidad
del instante y afirmaba que las obras maestras dadás
no debían durar más de cinco minutos, cada presentación de Reynols era un
momento único y quizás era esa vivencia del instante, propia de la filosofía
zen, la que estimulaba la comunión con sus seguidores.
En el documental, Gustavo Espada dice que “el interés estético
no siempre está vinculado con la belleza, a veces está vinculado con el
asombro”. Esta declaración encuentra consonancia con la ambición del artista
griego Giorgio de Chirico que consistía en captar el sentimiento de extrañeza
que nos asalta cuando nos enfrentamos a lo inesperado y lo enigmático. Cuando
el pintor belga Magritte observó una reproducción de la obra “Canción de
amor”, donde Chirico pinta una monumental cabeza del arte griego junto a un
guante de goma, dijo que ese cuadro representaba una ruptura completa con los hábitos
mentales de los artistas que están aprisionados por el talento y el
virtuosismo: esa era una visión nueva. Quizás ésta podría ser una de las
claves para entender la caótica música de Reynols. Según Patricio Conlazo,
Miguel les mostró un camino de entrega interna hacia la música, demostró que
se puede ser artista sin estudiar durante siete años un instrumento.
Hoy disueltos, Reynols continúa con su prédica sobre el
arte desprejuiciado en diversos proyectos nuevos, algunos continuando la línea
experimental. Uno de ellos, el Proyecto Sol Mayor, banda donde participa Tomasín,
realiza versiones de rock clásico sólo a beneficio de colegios e instituciones
para discapacitados: un alegato a favor de la integración a través de la música.
Siempre carente de formas, Reynols continúa así, repleto
de discurso.
Diego Erlan Revista
Ñ - Clarín