Néstor
Frenkel tiene motivos para sonreír desde el primer piso del Abasto de Buenos
Aires: está en el Bafici por partida doble en este abril de 2008. El
documental Construcción de una ciudad
participa de la Sección Oficial Argentina en Competencia, y la ficción La
hora de la siesta, de Sofía Mora, de la cual es productor, se muestra en
la sección work in progres. Aún no lo sabe, pero su documental
lograría una mención especial por parte de la Asociación Cronistas
Cinematográficos Argentinos al terminar el Festival. Nacido en Buenos Aires
en 1967, Frenkel empezó a trabajar en cine como sonidista, experimentó con
animación (Marcello G., sólo un hombre… y Plata segura),
realizó ficción (Vida en Marte), y documental (Buscando a
Reynols). Con su segundo largometraje documental se anima a contar con
humor la traumática historia de la mudanza forzada del pueblo de Federación
(al norte de la provincia de Entre Ríos, Argentina), durante la construcción
de la represa de Salta Grande en la década del setenta. “El
documental-comedia no está muy trabajado, pero Construcción de una
ciudad también es algo antropológico, y cuenta lo que pasó en la
ciudad”, certifica.
—¿Cómo
nació la idea y cómo pasaste de la idea a la acción?
—Fui
de vacaciones a las termas a descansar, a estar solo unos días libres que tenía.
Estaba en una época medio complicada y no tenía ningún proyecto de película
ni nada, y me tomé unos días para escribir, pensar algún guión. Apenas
conocí la historia del lugar donde estaba me pareció increíble, y también
no conocerla de antes. Es una historia muy potente con todos los temas que la
sobrevuelan: el progreso, la memoria, la destrucción o la desaparición de
una ciudad en los años setenta, la gran resurrección y el paraíso
artificial de los años noventa. También había toda una metáfora constante,
que no hice hincapié en la película: “y llegaron los noventa, y llegó
Menem, llegó la solución mágica…”, aunque eso también estaba. No sabía
cómo lo iba a encarar, pero sumando todo me dije “acá hay una película”,
aunque no sabía cual todavía. Durante dos años y medio fui y volví en unos
cinco viajes, algunos de una semana, dos días, diez. Ese fue el proceso.
Volver, pensar, escribir, imaginar. Viajaba solo o con un equipo mínimo en lo
que fue la investigación y el desarrollo del guión. Después estuve un mes
con un equipo de seis personas, y la filmación fue con un plan de rodaje muy
organizado.
—¿La
gente te abrió las puertas en Federación?
—Sí,
la verdad que Federación fue un paraíso en ese sentido. Por un lado tuvimos
el apoyo de la Secretaría de Turismo que estaba contenta de que alguien de
Buenos Aires vaya a filmar; y por el otro lado, la gente es muy amable, muy
tranquila y tiene mucha necesidad de hablar y de contar las historias de lo
que les pasó. A la vez tuvimos cierta facilidad de producción de pueblo
chico, en dónde tenés que ir a llamar a alguien y mientras vas a locutorio
te lo cruzás por la calle.
—¿Cómo
fue el proceso de recuperación de todo ese material del pasado que aparece en
la película?
—Fue
un paralelo con estos dos años en el que recorría la ciudad, profundizando
en el conocimiento de la historia y por otro lado en mis contactos con ese
lugar y esa gente. Buscaba más personajes y también iba averiguando y
haciendo la cadena para saber quién había filmado, quién tenía cámara.
Todos me terminaban diciendo “el que tiene el buen material es el de la óptica”,
que fue el que no entregó. Pero haciendo todo este circuito logré contactar
a los cuatro o cinco que habían filmado y todavía tenían los rollos, y
también di con un documentalista de Concordia, que hizo una obra y es el que
presenta la película. Él hace lo contrario a lo que hago yo: no quiere
mostrar la destrucción y quiere dejar la ciudad viva en su película, que es
lo que no muestro. Las imágenes de la vieja ciudad están solo al comienzo en
referencia a su documental.
—¿Qué
documentales antropológicos viste que te hayan inspirado?
—No
soy un gran estudioso del documental, pero algo que me impactó fue Edificio
Master, de Eduardo Coutinho: la cámara delante de una persona y la
charla hasta que aparezcan cosas, sin arrancárselas a nadie. De ahí en más,
lo mío es un juego totalmente distinto, con mucho condimento e imaginería
visual. No era mi idea replicar el trabajo de Coutinho, pero debo confesar que
algún ojo me abrió.
—¿Siempre
te imaginaste la película con este acento de comedia?
—No,
al comienzo estaba medio perdido. El primer año y pico no estaba del todo
entusiasmado porque sabía que contar esta historia me alcanzaba, pero no
encontraba aún la forma de contarlo que me sea propia, que me excite. Me
terminó de caer la ficha en el último viaje, cuando fui con la productora,
Sofía Mora, y nos quedamos quince días cuando se nos venía el rodaje
encima. Ahí terminé de tener una vivencia del proceso con la sensación que
me provocaba realmente a mí.
—En
cuanto a la contraposición entre lo que estás contando, una historia muy
dramática sobre la mudanza y destrucción de una ciudad y los viejos que se
mueren con ese cambio, y el tono que le das: ¿Hasta dónde pensás que se
puede llegar con este contrapunto?
—Al
convertir a las personas en personajes hay límites respecto a la sensación
de uno, de hasta donde respeto o no a la persona que me abrió la puerta de su
casa y con la que tuve un contacto real. Por otro lado, hay un límite que lo
da el tema. Hay cosas que no me las imagino contadas de esta manera. El tema
es dramático pero no se trata de un holocausto. También el hecho de que
hayan pasado treinta años y que hoy se lo viva de otra manera permite este
aspecto agridulce que en la película está presente. Tampoco es todo el
tiempo una comedia: tiene muchas partes melancólicas, dramáticas, oscuras.
Obviamente la cargué de comedia y la trabajé en esa línea porque me parece
que la historia tiene una gran carga de absurdo: esa misma gente a las que le
cambiaron la vida con la mudanza, se la vuelven a cambiar con las termas.
Supuestamente una fue para mal y la otra para bien, hay una gran mezcolanza.
Sentí que todo fue un gran absurdo argentino, y desde ahí traté de
contarlo.
—¿Cómo
se la tomaron en Federación?
—Con
sorpresa. Hay una idea de que el documental es un trabajo periodístico histórico
pasado a formato audiovisual y punto. Contás una historia, la ilustrás con
imágenes, y le das para adelante. Que me permita jugar con anécdotas
personales y presentar de manera poco convencional a los personajes los
sorprendió, porque esperaban lo obvio, el relato melancólico, la música
triste. Pero la recepción fue muy cálida, hubo risas y aplausos durante la
proyección.
—¿Qué
te impulsa por hacer una película y no otra?
—Vida
en Marte era un guión mío, las ficciones son ganas de escribir. En el
caso de los documentales fue tropezarme con una historia que me dejara
pensando. Con Buscando a Reynols pasó que conocía la existencia del
grupo, y me sonaba como una freakiada de unos que tocan con un Down, y un día
los fui a ver y me pareció que había varios temas potentes: qué es arte y
qué no, la salud y la enfermedad, qué es música y qué no, qué significa
saber tocar un instrumento y qué no, etc. Con Federación lo mismo: hay una
historia llena de temas, solamente narrarla es interesante.
—¿Cómo
te vinculaste al cine?
—Estaba
en un momento en el que ya había pasado la adolescencia y mi primera juventud
y tenía que hacer algo de mi vida. No tenía muy claro qué, me interesaban
las artes en general, pero nunca profundicé. Me gusta todo un poco. Todo miré,
todo probé, a todo jugué, y el cine de alguna manera es un arte de artes. No
tenía ganas de anotarme en una universidad ni me sentía capaz de producir o
dirigir. Estaba en el tema del audio digital y fue desde ese lugar desde el
que me acerqué. Fue mi oficio durante años, sosteniendo el micrófono en
muchísimas publicidades, al mismo tiempo que buscaba algo más espiritual con
cortometrajes y cine independiente. En algún momento se fue cerrando el círculo,
y jugando con amigos empecé a hacer animación.
—¿Que
estás haciendo ahora?
—Estamos
en la recta final con La hora de la siesta, dirigida por Sofía Mora,
y ya estoy escribiendo e imaginando otro documental que tiene que ver con el
cine amateur: el mundo del súper 8 y cómo una época queda guardada en un
registro casero.
—¿Estás
pensando en primera persona, estilo Tarnation?
—No
es biográfica. No lo niego como posibilidad pero no soy un fanático de eso.
Desde hace algunos años para acá parece que tiene que ser así, pero a mi no
me nace ese estilo. A algunos les sale bien, a mi me da un poco de pudor.
*
* * *
Se
despide, todavía a tiempo para entrar a una sala y sumarse al ritual de
alguna proyección. Elige Los paranoicos, una de las tres argentinas
en la Competencia Oficial Internacional, porque “el guionista es amigo”.
Afuera del Abasto, otro absurdo argentino no inunda la ciudad para una
represa, pero cubre con un humo cada vez más espeso los días que quedan de
festival.
Pablo
Russo