Desaparecer.
Verbo aplicado con triste perseverancia durante la última dictadura
argentina. Desaparecer personas, libros, sueños, lugares. Desaparecer una
ciudad entera. Vaciarla, mudarla compulsivamente. Destruirla, inundarla en
nombre del progreso en forma de represa. Obligar a los viejos habitantes del
pueblo de Federación (Entre Ríos, Argentina) a una nueva vida de casas
uniformes, maquetas de arquitectos estilos A, B, C o D. Condenarlos a la falta
de sombra, a las calles sin terminar, al cambio de vecinos, a la ausencia de
lugares para la reunión social. Destino paradójico marcado por el agua: en
la nueva ciudad, cuando la crisis acentuaba todos los fantasmas, el
descubrimiento de agua termal se volvió milagro por su atracción turística.
“Lo que el agua nos quitó, el agua nos devolvió”, dicen ahora sus
pobladores. ¿Devuelve acaso el desarraigo que trastocó las identidades y
marcó las vidas de los federaenses? Néstor Frenkel indaga en las huellas de
la memoria colectiva, entre los que sobrevivieron y se adaptaron como
pudieron, entre los que miran para adelante y los que no sacan la vista del
lago. La historia es dramática -de más está aclararlo-, y por eso mismo el
director intenta escapar a la redundancia: “contar una historia triste de
manera triste es obvio y fácil”. Entonces queda el humor, como contrapeso
de testimonios emotivos y desgarradores; el ingenio en la forma de edición y
musicalización; y la gracia en las anécdotas cotidianas de los personajes.
La ciudad que construye Frenkel está repleta de detalles y pequeños
fragmentos que la cargan de humanidad. No suprime la distancia del realizador
respecto al tema, sino que brinda una mirada que, de manera superlativa,
asocia lo tierno con lo absurdo.
Pablo
Russo