MUY BUENO
El dogma cinéfilo indica: evitar los documentales con entrevistas a cámara.
Indica: evitar excesos de absurdo que involucren a "personajes"
humildes. Evitar dejarlos al borde de la parodia; sobre todo, si el
trasfondo es trágico. Felizmente, lo único que Néstor Frenkel evita son
los dogmas, más afines a menesteres castrenses. Con libertad, apoyado en
una historia central redonda -vinculada a la dictadura- y en pequeñas
historias íntimas hilvanadas con humor, logra una película entretenida y
contundente, con alegorías que no son recargadas -como suelen serlo en
estos casos- sino leves. En apariencia, "demasiado" leves para el
tema.
Pero no: no hay, en Construcción de una ciudad, tal levedad. Apenas
una sensibilidad que, tamizada por el humor, jamás condesciende al
sentimentalismo. Si Frenkel (Buscando a Reynols) manipula el material
-algo inevitable- es para quitarle solemnidad a un tema con suficiente
dramatismo propio. ¿O la decisión de la dictadura de destruir y desaparecer
bajo las aguas a una ciudad entera no alcanza como metáfora grandilocuente?
¿Y que los militares hayan construido otra, sin rastros de la anterior, de
arquitectura absolutamente uniforme? La pregunta sería, entonces: ¿es
necesario utilizar elementos atroces para referir lo que es atroz desde su
mera enunciación?
Frenkel sabe que no. Frenkel cuenta esta historia -la de Federación, Entre
Ríos, demolida e inundada en 1979 para la construcción de la represa Salto
Grande- a través de un filme de personajes: con un montaje y una música
que resaltan el humor melancólico de los entrevistados. Entrevistados que,
en cruces de relatos y actitudes, van haciendo emerger una ciudad que amaron
y perdieron, y que muchos, en su dolor, intentan olvidar. El filme, apoyado
también en viejas filmaciones caseras (algunas delirantes), tiene un giro
que parece ficcional pero no lo es: el descubrimiento -muy posterior- de
aguas termales que reflotaron a Federación, ya en democracia.
Tras la risa con trasfondo apocalíptico, queda una extraña resaca
agridulce. Y la certeza de que el absurdo no estaba en el humor sino en la lógica
del exterminio, aceptada con pasividad, e incluso esperanza, por las mayorías.