| ÁMBITO FINANCIERO
«Construcción de una ciudad» (Argentina, 2008, habl. en español).Guión
y dir.: N. Frenkel; documental.
MUY BUENO
Hubo una vez una ciudad, Federación, junto al río Uruguay, de gran
actividad comercial, linda costanera, iglesia largamente centenaria, árboles
todavía más centenarios, y humilde monumento al héroe local, el indio Guarumba,
coronel del ejército de Urquiza. Un día, la construcción de la
represa de Salto Grande decidió su destino: la ciudad iba a ser
destruida. Por una ironía de los malos cálculos, no quedó enteramente
tapada, pero igual hubo que destruirla. Y a sus pobladores, hubo que
trasladarlos. Ahí surgió otro problema. La represa es todavía un auténtico
orgullo (y uno de los últimos grandes trabajos en pos de la energía en
Argentina, sino el último), pero Nueva Federación empezó siendo un
mamarracho urbanístico. La gente pasó de vivir en casas amplias con
fondo y frente arbolado, a monoblocs y casas prefabricadas sin mayor
gracia, sin siquiera un arbolito recién plantado, con calles barrosas mal
iluminadas, y, peor aún, con vecinos nuevos. En eso, como en otras cosas,
los organizadores nunca consultaron a sus habitantes, que se quedaron sin
pasado palpable, sin los vecinos de toda la vida, y encima no había
trabajo para todos.
¿La película es una lágrima? No, y tampoco los habitantes, que tienen
sus días de nostalgia, por supuesto, sus tristezas, y pérdidas, pero
también sus alegrías, hallazgos, y nuevos entusiasmos. «El agua nos
quitó, y nos dio», dijeron, al descubrirse años después las
fuentes termales que convirtieron la zona en un centro turístico. Y entre
sus atractivos figura, naturalmente, el viaje en lancha hasta la ciudad
perdida, cuyos cimientos pueden pisarse cuando baja la marea. Así, con
una sonrisa a veces melancólica, a veces resignada, y muchas veces
simplemente tranquila, los viejos pobladores se van presentando ante la cámara,
que los ve como lo que hoy son, y como el fantasma de sí mismos que aún
los sigue, y cuentan sus historias, muestran sus recuerdos, incluso
bromean. El autor, Néstor Frenkel, los registra con buen montaje,
los acompaña y sonríe con ellos, en vez de reírse a costa de ellos,
como es costumbre en tantos documentales juveniles. Elude, asimismo, caer
en lugares comunes de la política (que otros hubieran resaltado), y
acierta a pleno en la elección de sus testimoniantes, desde el que
atesora decenas de rollos de película casera, parte de los cuales nos
muestra, y el que traslada cuidadosamente desde el monte los retoños de
la flora nativa que supo haber en la ciudad original, hasta el criollo vivísimo
pero de una pieza que vende souvenirs, y el viejo que sale de paseo con
sus perros, apartando una víbora como de paso, y los jóvenes, que apenas
tienen recuerdos heredados, todos ellos personajes atractivos, simpáticos,
resignados a seguir viviendo con el buen humor que se pueda, en una ciudad
que de a poco van construyendo definitivamente con sus propias vidas. Así
es como se hacen las ciudades, y los buenos documentales.
P.S.
|