Agua va

El documental Construcción de una ciudad cuenta historia y presente de Federación, el pueblo desaparecido durante el gobierno militar.

Ocurrió a fines de los años ’70, en plena dictadura militar: como parte del proyecto de construcción de la represa de Salto Grande, el pueblo de Federación, Entre Ríos, fue destruido y sumergido bajo las aguas. La ciudad entera, con sus habitantes, fue transplantada a lo que se daría en llamar Nueva Federación, no muy lejos de su ubicación original. Los federaenses se adaptaron como pudieron a sus nuevas vidas en barrios de casas fabricadas en serie, idénticas entre sí. Al principio esto implicó la desintegración de su vida social, pero eventualmente el pueblo viviría un boom turístico desatado por la explotación de sus aguas termales y una bonanza económica que continúa al día de hoy.

Caso bizarro, increíble pero real, la historia de Nueva Federación condensa varios de los elementos más significativos del complicado devenir argentino de las últimas décadas. “Conocí la historia de la ciudad en el 2004, cuando fui a descansar, recomendado por unos amigos, y quedé impresionado”, cuenta Néstor Frenkel, director del documental Construcción de una ciudad. “Es una historia que no se ha contado mucho, y me pareció que se vinculaba con temas como la identidad y la memoria. Eran los ‘70, y aunque no quise poner el acento en esto ni hacer una película histórica en un sentido clásico, es algo que está ahí flotando: en esa época, esa gente que hacía desaparecer personas, hace desaparecer un pueblo entero. Después los ‘90, con el estallido de una supuesta prosperidad, y también la angustia y la decadencia. Hay un paralelo con lo que fue pasando en el país”.

Frenkel volvió a Federación varias veces a lo largo de cuatro años, en busca de sus recuerdos y sus increíbles personajes. El documental consigue un raro equilibrio entre un gran sentido del humor y del absurdo –que nunca es burla– y una sensibilidad auténtica para mostrar a aquellos que relatan sus memorias y sus pérdidas con nostalgia y tristeza. Sobre los títulos iniciales, hay un leit motiv musical que remite a la comedia, pero también a la siniestra alegría de las marchitas militares, y a cierta idea anacrónica de pujanza y de progreso. “Lo hicimos todo desde un afecto verdadero, conectándonos en serio. La música tiene que ver con que hay algo de ‘don’t worry be happy’ y ‘lo que pasó pasó’, pero a la vez sabemos que todos siguen agarrados a ese pasado de alguna manera: el que colecciona árboles, el que arma la glorieta, el aficionado al súper 8 que tiene la ciudad original guardada en sus películas caseras”, dice Frenkel. “Por otro lado, el humor es mi arma, mi lenguaje. Es la forma que yo uso para acercarme y para alejarme a la vez. El tiempo transcurrido me permitió alejarme del documental de protesta y buscar sus personajes particulares.” Poco antes de las que serán las primeras exhibiciones públicas de su película, la tercera luego de Vida en Marte y Buscando a Reynols, Frenkel se pregunta: “Lo que no sé es qué sabor quedará al final. Creo que hay algo medio apocalíptico”.