Grabar
"discos desmaterializados" (abrís la tapa y, ¡uy!, adentro no hay
nada), hacer una sinfonía con el sonido de diez mil pollos, o grabar el aire
que atraviesa la tumba suiza de Jorge Luis Borges, puede parecer una broma o un
acto dadaísta de vanguardia extrema. Pero lo de Reynols es (o fue, ya que la
banda llegó a su fin en 2003), si se quiere, algo diferente. Atravesada por el
universo de su baterista, cantante y lider, Miguel Tomasín, que tiene Síndrome
de Down, y con un grupo de músicos que han decidido hacer propio ese universo,
lo de Reynols es algo más que música experimental, surrealismo o delirio puro.
Lo que busca Néstor Frenkel en su documental sobre la
historia de la banda es analizar un fenómeno que, si bien tuvo alguna repercusión
local (entre el apasionamiento vanguardista y la condescendencia de los
programas de TV centrados en el "tema humano"), explotó
fundamentalmente afuera, siendo los Reynols reconocidos por artistas como
Pauline Oliveros o Thurston Moore (de Sonic Youth) y editando casi todas sus
experiencias sonoras en el exterior.
Frenkel cuenta la historia de la banda, que comenzó cuando
Miguel Tomasín se inscribe en la Escuela de Formación Integral para Músicos,
donde Alan Courtis, Roberto Conlazo y Patricio Conlazo (que serían los otros
tres integrantes de Reynols) enseñan música. Los tres, que ya tenían un
proyecto musical de corte experimental, deciden adaptarse a los mandatos
musicales y las visiones sonoras de Tomasín.
Frenkel (y la banda, claro) aporta increíble material de
archivo donde se los ve tocando en programas de TV (el doctor Mario Socolinsky
fue un "seguidor" de Tomasín y los suyos) y también en shows
propios, y explora, mediante una serie de entrevistas (al crítico Pablo
Schanton, el fotógrafo Eduardo Martí, el psiqiatra Sergio Strejilevich y hasta
el ex-rapero Jazzy Mel) lo que fue y significó la banda.
Si algo se extraña es que Frenkel no haya intentado, con
su película, algo parecido a lo que Reynols hace con el universo de Tomasín.
Pero aún eligiendo un formato más convencional, la fuerza de la anécdota, las
historias de los músicos (en especial la de Tomasín) y las sugerentes
performances de la banda logran hacer de Buscando a Reynols un documental
apasionante.