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Unas manos buscan un disco en las bateas de
una disquería. Llegan a la sección de artistas locales, se detienen
en la letra indicada y escogen lo que vinieron a buscar. Esas manos
pasan por caja, pagan por su álbum y, una vez en la calle, sacan el
disco de la bolsa del negocio en el que lo compraron, rompen el
envoltorio plástico que lo recubre y descubren que, dentro de la
cajita que supuestamente preserva el disco, no hay nada. Allí donde
debería haber un compact sólo hay una leyenda que dice: “Este disco
se desmaterializó en diez segundos”. La única escena de –digamos–
“ficción” del muy entretenido documental de Néstor Frenkel
reconstruye el único posible encuentro del público local con la obra
editada del grupo Reynols, ya que semejante no-disco existe y lleva
por nombre Gordura vegetal hidrogenada (1995). “Un disco
verdaderamente sin disco, en una década de tantos discos vacíos”,
como escribió recientemente el crítico Marcelo Panozzo en la revista
La Mano. Ante el happening terminal de Reynols sólo parece ser
posible la aceptación cómplice o la defenestración inmediata. En la
amplia tierra de nadie que queda entre ambos extremos se ubica
cómodamente Buscando a Reynols, un documental que se dedica de
manera literal a lo que promete su título: a buscar con auténtica
curiosidad qué hay realmente detrás de una banda integrada por tres
pelilargos profesores de conservatorio pero liderada por Tomasín, un
fascinante baterista con Síndrome de Down. La sola existencia del
grupo es en sí misma un happening, y apenas si es reconocida aquí
por medios como Crónica TV o un personaje como el doctor Socolinsky,
pero es reverenciada por cierta escena avant-garde extranjera, al
punto de tener una amplia discografía fronteras afuera (con discos
grabados en un criadero de pollos o simplemente con el silbido de
casetes vírgenes de mala calidad). Autor de dos extraños
proyectos freaks de animación con muñecos, como Marcelo G. y Plata
segura, Néstor Frenkel eligió (o simplemente se topó con) un tema no
menos freak para su primer documental. Pero lejos de esconderse en
una celebración acrítica, su elección es la mejor de las posibles.
Dividiendo el objeto de su documental en todos los capítulos
necesarios, Buscando... recorre a la banda tanto musical como
históricamente, los filma tocando frente a un público entusiasta y
ruidoso en un ámbito popular así como ante otro sorprendido y
silencioso en un ámbito más culto. Y se preocupa por incluir
opiniones críticas (como la de quienes acusan a los demás
integrantes de aprovecharse de la enfermedad de Tomasín),
profesionales (como la del médico que explica que Tomasín parece ser
el tipo más feliz del mundo) e incluso reverenciales (como la de
Jazzy Mel, cuya sorpresiva aparición es el aporte realmente freak
del documental de Frenkel). Tal vez los mejores momentos de este
documental sencillo y sin pretensiones, registrado en video y más
televisivo que cinematográfico, sean los aportados justamente por
las apariciones televisivas del grupo, que supo ser “nota de color”
en noticieros tanto de los canales de cable como de aire, haciendo
bailar a Lía Salgado y al doctor Socolinsky (¡a quien se llega a ver
tocando con el grupo en su sala de ensayo!). Pero cuando Tomasín
emerge en la intimidad es que el trabajo de Frenkel encuentra su
razón de ser, dejando además generosamente sin responder todas las
preguntas posibles, luego de haberlas agotado todas.
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